A más de 8.000 kilómetros de Tucumán, en un pequeño pueblo del estado de Kentucky, una tucumana encontró la manera de mantener vivas sus raíces. No solo lo hizo para sobrellevar la distancia con su tierra, sino que también consiguió algo inesperado: transmitir el espíritu argentino a toda la familia estadounidense con la que vive y trabaja.

María José Luna llegó a Estados Unidos en agosto de 2024 para desempeñarse como niñera. Dos años después, asegura entre risas que la familia "súper gringa" que la recibió ya está completamente "argentinizada". El principal protagonista de esa transformación es el niño al que cuida, a quien ella bautizó cariñosamente como su "arjengringo".

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Durante una entrevista con LA GACETA, el pequeño sorprendió al identificar a Lionel Messi y dejó en evidencia cuánto aprendió de la cultura argentina. Pero eso es apenas una parte de la historia. "Habla prácticamente bilingüe y hasta con tonada tucumana. Dice 'lluvia' con la doble ll, toma mate, le gusta Tini y ya es un argentino más", contó María José, orgullosa del vínculo que construyó con el niño.

Del mate al guiso: las costumbres argentinas que cruzaron fronteras

La influencia de la tucumana no quedó solo en el más chico de la casa. Poco a poco, toda la familia comenzó a adoptar tradiciones muy argentinas.

"La mamá del nene ahora toma mate porque yo la impulsé a probarlo. El papá es ruso y le regalé un Fernet. Le encantó, aunque se lo tomaba solo, sin Coca", relató entre risas.

En la cocina también dejó su marca. Milanesas, empanadas y, sobre todo, guiso forman parte del menú habitual. "El arjengringo es fanático del guiso. Hace 50 grados y me pide que le cocine guiso todo el tiempo", contó divertida.

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Incluso los niños ya tienen camisetas de la Selección argentina. Ella misma les llevó unas cuando llegó al país, mientras que la suya, ya desgastada por el uso, fue reemplazada por un regalo muy especial.

"Mi cuñado me regaló la camiseta original de Argentina. Mi esposo, que tiene parte de su corazón en España, tuvo que sacrificar y regalarme la celeste y blanca", bromeó.

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Un Mundial a los gritos... en Kentucky

Aunque vive lejos de las grandes sedes del Mundial 2026 y en una zona donde el fútbol todavía no tiene demasiada popularidad, María José no resigna la pasión con la que vive cada partido de la Selección.

"Estoy loca con el fútbol", admite sin vueltas.

Durante uno de los encuentros de Argentina, su entusiasmo llegó a preocupar a la familia. "Los papás trabajan en el piso de arriba. Siempre me escuchan gritar durante los partidos, pero un día dejé de hacerlo y bajaron corriendo porque pensaban que me había pasado algo", recordó entre risas.

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Cuando llegó el tercer gol argentino, todo volvió a la normalidad. "Empecé a saltar como una loca y ahí me dijeron: 'Ahora entendemos el fútbol. Ahora entendemos la pasión que sienten los argentinos'."

Lejos de las sedes y con pocos argentinos

María José vive en un pequeño pueblo llamado Elizabethtown, muy lejos del movimiento que genera la Copa del Mundo. "Donde vivo es muy tranquilo. No hay lugares para ver fútbol y tampoco hay muchos argentinos. Si quiero vivir el ambiente tengo que viajar bastante", explicó.

Para la final decidió trasladarse hasta Chicago, donde espera encontrarse con otros compatriotas. "Voy a ver si encuentro algún argentino que me dé un abrazo argentino", confesó.

Una final con clima de clásico familiar

La definición del Mundial tendrá un condimento extra dentro de su propia casa. Su esposo nació en Cuba, pero creció en España, por lo que el duelo entre argentinos y españoles promete dividir los ánimos.

"Tenemos un grave problema", contó entre risas. "Todavía no sabemos cómo vamos a ver el partido."

El desarraigo también juega su partido

Aunque asegura sentirse muy querida por la familia con la que vive, reconoce que durante el Mundial la nostalgia pesa más.

"A veces me pongo sentimental y pienso en las ganas que tengo de estar en la Plaza Independencia festejando con mi familia. Acá estoy muy bien, pero no es mi gente ni tenemos las mismas tradiciones."

Confesó que hubo momentos en los que pensó en regresar definitivamente a la Argentina, pero el cariño por el niño al que cuida terminó inclinando la balanza.

"Muchas veces me quise volver, pero después pensaba: '¿Con quién se va a quedar este chiquito?'. Él me ayudó muchísimo en los momentos más difíciles."

Durante cada partido mantiene una rutina inalterable: videollamadas con su familia en Tucumán y mensajes constantes, aunque con una condición.

"Antes de que empiece el partido le corto a mi mamá porque ella siempre tiene menos delay y me canta los goles antes de tiempo", contó entre risas.